Recuerdos de “las bibliotecas del Sagasta”

Mi mejor recuerdo para este último plural, las bibliotecas del Sagasta: la pequeña de alumnos que regulaba, siempre elegante, Eloísa Piudo, sus estantes ordenados según edades, sus mesas cubiertas de libros dispuestos como en un mostrador para tentar a los pequeños –los cuentos y leyendas de países exóticos, las aventuras de aquel atravesado Guillermo Brown-, luego la selecta colección Austral, no llegué a leer “Las inquietudes de Shanti Andia”, que siempre se presentaba al alcance de mi mano y que invariablemente yo rechazaba por no se sabe qué vagos temores acordados a su título.

La biblioteca de profesores quedaba situada en lugar adyacente y sólo se abrió a mí en el último curso cuando así lo requiso cierto trabajo especial sobre los celtas para la clase de Historia.

Por fin, la grande y misteriosa biblioteca pública del Sagasta, con sus volúmenes antiguos y sus bibliotecarios profesionales, sus mesas de madera con luces individuales pobladas de lectores adultos. Un viejo guardia civil retirado guardaba la entrada y de ella nos excluía a los más jóvenes.

 (Beatriz Penas Ibáñez  profesora del Departamento de Filología Inglesa y Alemana de la Universidadde Zaragoza – antigua alumna del Instituto- en la página  207  del libro “Personas y Personajes. 150Aniversario del Instituto” publicado en 1994)

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