Una extraña atracción hacia las Bibliotecas

“Apenas incorporado, como profesor de Matemáticas, al Instituto de Bachillerato “Práxedes Mateo Sagasta” de Logroño y aúnalonso_chavarri-jesus perdido en sus pasillos, aunque atrapado por la mágica luz de sus claustros interiores, la pátina del tiempo recobrado y la eterna canción de la memoria -el río del recuerdo- , apareció mi nombre en el tablón de los olvidados. Era un insólito anuncio, propiciado por la periódica lucha contra el polvo del Archivo, ese polvo tenaz y lento, azote de alérgicos y vápulos de archiveros: podía recoger en Secretaría mi título de Bachiller Elemental.

 La floreada letra gótica de la cartulina y los ,otrora temidos nombres de las firmas, trasladaron mi mente por las sombras chinescas del tiempo perdido y recordé la Biblioteca.

 Si bien hacía tiempo que todos los libros ya no eran semejantes, par mi talla de incipiente adolescente, todas las bibliotecas se me parecían iguales, del mismo modo que todos los cocineros de barco eran chinos, todos los capitanes, con pata de palo, arponeaban ballenas blancas, a todas las islas misteriosas se accedía en globo y todos los corsarios vivían en la isla de la Tortuga; hasta que el examen de reválida de 4º me trajo al Sagasta.

 escalerabibQuiso el azar – o tal vez la atracción inesperada del suspendido capitel- que entrase, con intención de repasar las fórmulas trigonométricas, a la Biblioteca. Quizás me atrajo el colgante de la barandilla o sus escaleras de caracol; puede que las estanterías acristaladas ejerciesen cierta fascinación – o que el silencio circular que envolvía la lectura crease un halo de misterio-, pero lo cierto es que no repasé la trigonometría y que llegué apurado al 2º ejercicio de reválida, cuando el serio profesor, con bigote de mando, repartía los folios y el miedo escénico extendía su manto de nervios y adrenalina.

 Desde entonces, he sentido una extraña atracción hacia las bibliotecas, atracción, sin duda, fatal, porque, irónicamente, jamás he podido trabajar en ellas, ya que, apenas cruzo sus puertas y entro en ese gótico mundo del saber reposado y la quietud, vienen a mi memoria, entre libros y cristales, barandillas elevadas y escaleras de caracol, los símbolos perpetuos de las fórmulas trigonométricas.

Naturalmente, existe una excepción: mi propia biblioteca, aunque es bien sabido que los libros propios no constituyen realmente una biblioteca, pues forman parte de nuestra historia personal, de nuestra vida: son un pedazo del alma.”

 (Texto recogido de las páginas 25 y 26 del libro “Personas y Personajes” editado, en 1994,  con motivo del 150 aniversario del Instituto)

El escritor riojano Jesús Miguel Alonso Chávarri – autor de estos comentarios- fué catedrático de Matemáticas en este Instituto  y es autor de las novelas: “TASUGO” (Premio “Villa de Madrid”) y “LA HIPÓTESIS DEL CONTINUO: una historia de la transición”.  Premio de ensayo Universitario, con el trabajo “Introducción a las actuales tendencias del teatro”. Con sus relatos cortos y poesías ha obtenido diferentes distinciones en varios certámenes: “Villa de Avilés”, “Juan de la Cuesta”, “Antonio Machado”, “Nacional de cuentos Ayuntamiento de Hellín”, “Esteban Manuel Villegas”, “De Buena Fuente”, “memorial San Pelayo”, Rufo, Amos” …

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Hoy se le puede seguir a través de uno de los blogs  publicados por el  diario “larioja.com ” bajo el título: La Plazuela perdida

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